República de Lugano
Suena Marley de fondo, inunda el reggae mi rancho,
como rápido un sánguche y de sangre me mancho.
Con comida en el buche y ketchup en la manga
me calzo los auriculares que me impulsan a que salga.
Es la una de la tarde; cierro con llave,
el sol arriba arde y el verano me cabe.
Un viernes que sabe a martes, subo el volumen en mi bolsillo,
saco sedas y tabaco, ágil me armo un cigarrillo.
Con el estribillo de la canción me saluda una vieja amable
y en cada intersección cuelgan toppers de un cable;
es un barrio de familias, cerveza y marihuana,
controlado por los pibes donde no entra la cana.
Llego a la esquina tranquilo y el gallego me llama,
le debo una Brahama de hace más de una semana.
Un coche toca bocina, saludo a un amigo de la primaria
como siempre la calle sucia, típico en zona precaria,
donde hay mucha gente sabia pero que a veces los dirigentes
cuidan solo con la labia y se olvidan de cuidar a la gente.
Sigo escuchándo música, camino mirando el suelo,
observo la calle rústica que caracteriza Copello.
Los edificios encierran acústica y un disparo suena enorme,
gritos, insultos de hombres y una corrida acorde.
Las balas son de aviso, en las paredes las chalas lo mismo,
leo un par de graffitis y vuelvo a mirar el piso.
Llego a una esquina "heavy" nombrada la peor de Capital,
Escalada y Richieri, esa fue mi esquina natal.
Recuerdos que inundan mi mente, el Castro no está diferente.
Le devuelvo una bocha a unos chicos y siento el barrio latente.
Brotan en mi memoria tantos buenos recuerdos,
pero sigo mi trayectoria por la selva de cemento.
Baldosa tras baldosa, no pudo pensar en prosa.
La cuna es una en la vida, ésta es la mía y la siento hermosa.
El asfalto y la loza, amor a primera vista
y pensando en el amor cruzo entre el humo la autopista.
Un kiosco de revistas en la esquina de un colegio,
solo unos pocos chicos que gozan del privilegio
de una escuela estatal en un lugar donde es normal
que los pibes laburen a la hora de estudiar
porque la situación laboral de sus viejos está mal
y con el sudor de sus frentes tienen que buscarse el pan.
Familias de veinte almas viviendo en una casilla,
el paco los vuelve fantasmas que se pierden en la villa.
Bebés que nacen con asma y que en su vida se curan,
ahogados por el polvo de la derrota y la locura.
Bolivianos, Paraguayos, en un rincón de la Argentina
que refleja la realidad de toda América Latina.
Las manos con de callos porque la herramienta lastima
y se vive en un soslayo porque que te mientan desanima.
El barrio que es el rayo que anuncia la tormenta.
Donde una madre se contenta con llenar un plato playo
y siente que revienta, porque su vida es un estallo.
El barrio que es camilla de tanto desmayo.
El barrio, vecindario marginal,
cada pared es un mural y cada casa es un centro cultural.
El barrio con menos robos de Capital
que es desteñido y oprimido por una mentira racial.
El barrio que no es como lo pintan
y que solo lo conocen las familias que lo habitan.
Nágera, el Mesías, el autódromo, Elefante Blanco,
Parque Brown, Parque de la Ciudad, Indoamericano.
Yupanqui, la Estación, el corazón de la murga,
Cotolengo Don Orione, Piedrabuena, Ciudad Oculta.
Un barrio entero que es poesía única,
un barrio armado por una mentira pública.
Pero no somos chorros, somo soldados,
no somos vecinos, somos hermanos,
no será el cielo pero es el suelo que amamos.
Sean todos bienvenidos a la República de Lugano.